Un hospital infartado

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El Instituto Dominicano de Cardiología, que le ha salvado la vida a miles de pacientes del corazón durante 57 años, está hoy infartado.

Pero puede salvarse.

Si el presidente Luis Abinader acude pronto en su auxilio, así como lo ha hecho en los pocos meses que lleva ejerciendo para rescatar hospitales en crisis financieras u operativas.

El Instituto Dominicano de Cardiología iba por buen camino años atrás porque sus instalaciones estaban siendo ampliadas para añadir 70 camas y gozaba de una excelente autogestión financiera.

Pero la pandemia del coronavirus trastornó ese proceso.

Las obras de ampliación están paralizadas, el número de pacientes ha bajado a la mitad, los médicos y el personal de salud hizo el autosacrificio de no recibir los pagos de la Navidad y otros incentivos.

La subvención estatal es una de las más bajas para un hospital de esa categoría: dos millones de pesos mensuales que, según la directora, solo permiten “lo comido por lo servido”.

En condiciones como esas, salvo que el presidente Abinader o la primera dama metan pronto su mano, el hospital, hiperbólicamente hablando, se irá quedando sin oxígeno, sin sangre… y sin corazón.

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