Sin remedio

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Por: Eduardo Llibre

Cuando uno alcanza cierta edad –nosotros los hombres, claro, porque las mujeres no tienen edad cierta- se convence de que muchas cosas quedarán como materia pendiente para las futuras generaciones. A mis seis décadas de existencia estoy más que seguro de que no alcanzaré a ver un país mínimamente organizado. De ello culpo a todos, incluyéndome a mí mismo, pero sin dejar de cargarle el dado a aquellos que han tenido más poder de decisión que este anodino ciudadano.

Del desorden imperante les echo la mayor culpa a Leonel Fernández y a Danilo Medina por el hecho de haber llegado a la presidencia a nombre del partido en el que millares de dominicanos ciframos nuestras esperanzas de un país mejor. A Hipólito le endilgo su pequeña cuota, pero no tanta, por razones obvias (al menos para mí).

A contrapelo de lo que piensan algunos amigos míos, miembros de la Policía Nacional, creo que esa entelequia tenga arreglo. No es que dude de las buenas intenciones de esos amigos ni mucho menos de su pundonor, sino que barrunto que ellos desconocen las vainas a las que uno se ve expuesto con sólo poner un pie en la calle. Me ha pasado en Sosúa, en Sabaneta de Yásica, en Puerto Plata, en Moca… y el miércoles pasado en Montellano. En el siguiente párrafo paso a narrar de forma escueta lo sucedido.

En horas de la tarde me dirigía a Montellano en compañía de mi amigo y vecino Julio Alonzo. Íbamos a bordo de su camioneta con la misión de llevarle unos materiales a un ebanista que les está haciendo unos muebles a mis hijos. A pocos metros del semáforo que está frente a la estación de gasolina nos topamos con uno de los archifamosos y super efectivos operativos que con frecuencia instala la Policía Nacional. Al vernos, un agente se planta en medio de la vía y valiéndose de una máquina de aspavientos nos indica que nos orillemos. Mi vecino obedece. Tan pronto observé al estrambótico representante del mal llamado “cuerpo del orden”, crucé los brazos sobre el pecho y clavé la mirada en un punto indefinido de las lejanas montañas de Yásica. Con el rabillo del ojo observo como el policía se nos acerca, haciendo movimientos y contorsiones al estilo de Doc Holiday o de Billy The Kid. Saluda y al notar mi empaque, pregunta: “qué le pasa al señor? Está bravo?” Julio intenta suavizar la situación contestándole: “no, es que él es así”. Me extiende una mano, misma que estrecho sin apartar la mirada del punto inexistente más allá de las lomas. Mientras el eficiente oficial le pregunta a mi acompañante que “y los papeles? Están bien?” hurgo en mi memoria sin lograr encontrar una escena en la que un policía norteamericano o francés o japonés introduce medio cuerpo dentro de un vehículo detenido para estrecharles las manos a sus ocupantes. “Los quiere ver?”, pregunta mi amigo Julio, haciendo referencia a los documentos, obteniendo la siguiente respuesta de la “autoridad competente y actuante”: “No, jefe. Usted sabe… ‘tamo aquí, contando con los amigos…” Es entonces cuando mi amigo rebusca entre uno de los espacios donde los conductores colocan vasos o botellas de agua hasta dar con unas monedas, las cuales pasan a manos de Pat Garret. Reanudamos la marcha mientras yo seguía clavando “en la loma una mirada más dura y asesina que una bala”.

No tengo nada más que añadir. Que sean los lectores de las redes sociales quienes comenten, sin que importe que lo hagan a mi favor o en mi contra.

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