No todas las víctimas hablan después de una agresión sexual. Ahora me toca a mí

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No toqué el caso de Harvey Weinstein.

No toqué los escándalos sexuales en Washington y Tallahassee, ni los casos de Charlie Rose y Matt Lauer, ni ninguna otra celebridad cuyo comportamiento depredador ha sido expuesto por mujeres valientes.

No escribí sobre Roy Moore, candidato al Senado federal, aunque voy a corregir eso en este mismo texto. A nosotros sí nos corresponde juzgarlo, y también a los electores de Alabama que lo apoyan.

No es que el movimiento #MeToo (#YoTambién) y la campaña de concientización #MeAt14 (#YoAlos14) me resultaran extrañas, no sólo porque soy una mujer que tiene su historia que contar sino también por tener la experiencia de criar tres hijas. Lejos de la indiferencia, lo que sentí al leer la ola de historias de mujeres que denuncian abusos y acoso sexual en todo el país fue que se abrió la compuerta de los recuerdos. Incidentes que había enterrado hace mucho tiempo, tanto cuando era niña como adulta, me perseguían a diario mientras me sentaba a leer el periódico con una taza de café en la mano, o menos consciente, mientras trabajaba en mi jardín, donde suceden cosas mágicas.

Es que las heridas y los demonios de la supervivencia me hicieron escritora.

Este tema es personal, no es político, sin importar la frecuencia con la que quienes quieren silenciar a las mujeres tratan de cambiar la conversación y llevarla a los extremos partidistas.

Este tema es personal a pesar del hecho de que el presidente ha dejado en claro que prefiere a un depredador sexual que a un demócrata en el Congreso. Es el comportamiento natural de Donald Trump —quien ha alardeado de agredir a mujeres sin una pizca de vergüenza— pensar de esa manera. Fue elegido con la ayuda de electores y electoras que no prestaron atención a su historial de comportamiento penal.

Pero ahora me uno a la conversación por una razón: a raíz de los despidos y renuncias de depredadores sexuales, observo casi a diario a hombres, y algunas mujeres también, expresar ansiedad, como si hubiera nuevas reglas de comportamiento que aprender, como si el acoso y la agresión sexual fueran conceptos nuevos.

“¿Ahora no se pueden decir piropos?”, preguntó en Facebook un hombre que trabajó en Recursos Humanos en dos compañías de medios.

Otro periodista que respeto afirmó en otro medio social: “La angustia es real”.

Los entiendo, pero esa angustia no es más importante que el derecho de las mujeres a que las respeten. A esta época de revelaciones todavía le queda mucho camino por trillar. Para la angustia, sugiero ver a un psicoterapeuta. Para las dudas sobre qué es un comportamiento debido, recomiendo un taller sobre acoso sexual.

Estos hombres y mujeres con angustia y dudas quieren saber por qué las víctimas se demoraron tanto en hablar.

Les voy a decir: es precisamente la reacción de todos los que, aunque sea de manera sutil y solidaria, demuestran que no aprueban que se saquen a la luz estas cosas personales. Agreguemos a esto los espectadores, los provocadores, los arrastrados, los que tratan de conducir el debate por otra dirección, elevando el tono por encima del nivel de confort de los que sufren en la oscuridad.

Mientras hablamos del asunto, hay mujeres en relaciones abusivas a quienes su pareja les dice: No te atrevas a pensar que porque todas estas “feministas” están hablando va a cambiar para ti.

Mientras hablamos del asunto, hay niñas que corren el riesgo de verse sometidas a la terrible pesadilla del abuso sexual y la violación. Para ellas, el hashtag en los medios sociales debe evolucionar y convertirse en un escudo: #WeWillTell (#LoVamosAContar).

Mientras hablamos, mujeres de todas las edades como yo nos vemos obligadas por este debate nacional a enfrentar los fantasmas que habíamos enterrado.

Esa angustia de algunos ahora no es nada comparado con lo que hemos sufrido nosotras.

Cuando yo era joven, una chica valiente en nuestro círculo familiar habló: un primo mayor estaba abusando de ella. Su madre insistió en que se hiciera justicia. Al primo lo enjuiciaron, lo declararon culpable y lo encarcelaron. Yo les tenía mucha admiración. Pero, aunque desde entonces mantuve los ojos muy abiertos, me costaba mucho trabajo mostrar ese valor.

“Si alguien toca a mi hija, lo mato”, amenazaba mi padre.

Es algo que nosotros los que tenemos hijos hemos dicho una u otra vez para expresar que estamos dispuestos a cualquier cosa para proteger a nuestras familias. Pero yo pagué un alto precio por esta bravuconería. Yo no quería que mi padre matara a nadie, ni que fuera a prisión. ¿Cómo podía contar lo incómoda que me hacía sentir un amigo grosero de mi padre? El que me saludaba con una caricia en la cara que se acercaba demasiado a otras partes del cuerpo en momentos que yo estaba cambiando, convirtiéndome en una joven mujer.

¿Cómo podía contarle a mi padre del hombre que me mostró sus partes mientras sus hijas y yo jugábamos a los yaquis en el piso de la sala? Ellas estaban de espaldas a él, pero yo lo podía ver en el sofá.

Y mucho, mucho más, antes y después de los 14 años.

Nuestra cultura de silencio protege a los depredadores.

La gente me escribe mucho para decirme lo valiente que soy por denunciar a los políticos, por señalar la hipocresía y la doble moral en una ciudad más conocida por su timidez y conformidad política.

Pero no es valentía. Escribo cuando lo que queda sin decir y sin publicar se convierte en algo insoportable.

Escribo enfrentando al miedo por todas las veces en mi vida que me dijeron, tanto de niña como de adulta profesional, que mantuviera la boca cerrada. Créanme, lo hice muchas veces para mantener la paz.

Les creo a las mujeres de #MeToo, a todas y cada una de ellas, y especialmente a las que acusan a Roy Moore, porque he tenido suficiente tiempo para acumular el valor necesario y repasar lo que me sucedió a los 13, a los 14, a los 15 y todos los años transcurridos desde entonces.

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