La misa de la Democracia

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Pablo McKinney
pablomckinney@gmail.com

Lo mejor sería no satanizar la discusión. Evitar el chantaje. El tema es demasiado trascendental para solucionarlo con una marcha, una plantada o una misa, tres amenazas en plan Torquemada a los legisladores y una hostia al final, si lo permiten.

No estoy de acuerdo con que exista un derecho absoluto de la mujer a interrumpir un embarazo, pero existen evidencias científicas, -científicamente demostradas-, mucha pobreza y demasiada desigualdad social, en fin, que existen tres causales harto conocidas por todos, mil veces explicadas. Ya me explico: Si a su hija menor de edad la viola su abuelo, y Ud., por mandato de su religión o secta decide que ella continúe el embarazo -por absurdo y abusivo que a uno le parezca-, el Estado debe garantizarle que así se haga y que Dios le perdone. Pero lo que no puede hacer ninguna religión o secta es imponer sus dictámenes, su forma de ver la vida y hasta de celebrar la muerte al resto de la sociedad, porque eso convertiría nuestro país en una teocracia, y la República Islámica de Irán queda muy lejos.

Uno de los grandes problemas de nuestra democracia es que aquí lo que dice la Iglesia (su cúpula)  “va a misa”, pero quien con frecuencia se niegan a ir a misa es la Iglesia, y claro que estoy hablando de la misa popular que es la Democracia.

Democracia, como la que hubiera instaurado Juan Bosch, si en 1962 los sermones medievales y fascistas de Láutico García no hubieran incitado a unos militares ciegos, a una burguesía sin patria y a tres traidores de oficio, a derrocarlo. ¡Joder! Derrocarlo a él, el viejo sabio de Río Verde, que, como un Jesucristo caribeño, solo pretendió dar la palabra, el pan y la esperanza a los más pobres, e invitarnos a los dominicanos a la santa misa de la tolerancia, el respeto al otro, la democracia, en fin.

Lo que norma la vida de una sociedad es su Constitución, y no el libro sagrado de cada religión o secta. Se trata entonces de asistir a la santa misa de la democracia que somos todos. Por cierto, y como canta el Serrat, “Sería fantástico que TODOS  fuéramos hijos de Dios”.

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