La Gata Risueña

Por: Ramiro Francisco

Después de lo ocurrido, es que se piensa en las lecciones y se aprende. Aunque no necesariamente tenemos que pasar por el mismo crisol.

Lo encontré recostado a una mata de mango en una silla de guano en el patio de la casa de Tunga.

Sillas de guano usadas por aquellos años en hogares de gente muy humilde. Por entonces, se podían conocer en la comunidad urbana o rural, de personas, verdaderos artesanos en el tejido del guano para sillas.

Andrés- su verdadero nombre aunque ahora le dicen El Mocho, era una estrella en el barrio por su destreza en el manejo de motores.

Un verdadero As, en eso de carrera de motores. Tenía además, el coraje, la valentía, la estupidez de levantarlos como si fueran caballos amaestrados y correr en una goma por varios metros.

La culpa fue de la gata. Sí, de la gata blanca de doña Catalina La Bizca, que esa tarde del accidente, huyendo de unos niños que con palos y piedras la perseguían por haber saltado y llevarse entre uñas y dientes “una vara de longaniza de la buena” que pendía de un cordel en el patio de Tungo El Carnicero y dueño de la única fritanga en el barrio.

La gata blanca, se había ganado el mote de Voladora, por esa modalidad de despegue.

¿Quién iba a decirle a Andrés, que esa tarde haría su última “levantada de motor”?

¡Aquello fue atroz! La gata perseguida intentó cruzar la calle con todo y longaniza en la boca. La turba de niños, a la que se le habían sumado no pocos adultos, casi la alcanzaban.

En una jugada de supervivencia, la gata se tira a la calle, no sin antes sentir una especie de estirón en la boca porque uno de los adultos en su afán de agarrarla, pisó una parte de la longaniza que al paso y velocidad del animal, rodaba como una serpiente.

Al romperse, un agradable olor a orégano, ajo, cebolla, puerro, cilantro y otras yerbas aromáticas impregnó el lugar. Ya decíamos, que la fritanga de Tunga es famosa también porque el olor atrae los clientes…y las moscas.

Andrés, que ya recorría algunos metros con su motor en una rueda y a muy alta velocidad, notó cuando la gata saltó a la calle. No recuerda, si fue el instinto por no matarla o lo que creyó ver que llevaba en la boca, lo que provocó un descuido y que perdiera el equilibrio y se cayera.

Con tan poca suerte que un camión volteo aunque vacío, pasara sus ruedas traseras por sus piernas, las que tuvieron que ser amputadas.

Ahora la atención era el accidente y la gata aprovechó para retornar tranquila a su entorno sin haber soltado para nada la longaniza. Las malas lenguas del barrio dicen que La Bizca Catalina, se beneficiaba junto a los gatitos.

Como la gata le enseñó a sus hijitos a “saltar” y saltar bien, no había carne salada, longaniza, morcilla ni nada comestible colgante que estuviera seguro en los cordeles del vecindario.

Tungo se las ingenió. Andrés El Mocho, ahora es el vigilante para impedir el “vuelo” de la gata blanca y sus hijos.

Ella, a veces lo visita en horas de la tarde y desde una rama de la mata de mango, le muestra sus viejos y afilados colmillos. Tal vez, es su manera de reír.

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