JL y Marc

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Por Ángel Lockward

Me temo que hemos despertado a un gigante dormido que debe estar lleno de venganza”Almirante Jamamoto, después del ataque a Pear Harbort – No puede ganar quien pincha al monstruo y solo lo despierta –

Luego de aquel beso, aparentemente publicitario, entre JL y Marc, en los Latin Grammy, que venía después de unas dificultades públicas del segundo con su esposa, el artista – quien no debió haber dado ese beso a su ex – se estuvo quieto: El lunes pasado vino al país, a La Romana, en donde pasa usualmente las navidades y radicó en silencio su demanda de divorcio.

La penúltima noche del año prevista para el concierto de Enrique Iglesias las cámaras descubrieron a su todavía esposa, Shannon De Lima, junto a su anterior marido, Manuel Coko Sosa, más joven y apuesto que el artista, con quien tuvo un hijo antes de casarse con Marc; aunque no lo fuera, surtía el efecto de una revancha por aquel beso.

Estaban pletóricos de alegría, bailando, con la música de la banda, listos para “echarle una vaina al boricua”. ¡Claro que tenían derecho a venir a La Romana y de ir al concierto a Altos de Chavon! Pero la intención era estrujarle “su felicidad” al artista, de hecho constituyen una pareja bella, jóvenes y agraciados.

De Allí, después del concierto se irían a SBG o a algún restaurante de La Marina, a mostrarse: era la venganza en plato caliente, amargarle la noche y el resto del año al artista, humillarlo un poco. Marc llegó poco más tarde acompañado, por igual de una joven muy bella, en silencio, distinto a como ingresa cuando da conciertos, sin bombos ni platillos y las cámaras apenas lo distinguieron con su ridículo sombrerito, delgado, desnutrido, feo y con pronunciadas ojeras.

Poco a poco las miradas y los cuchicheos se concentraron en las dos parejas. Ella y su ex, reían, bailaban y hacían de centro de la atención, él y la joven que le acompañaba parecían cohibidos, entumecidos, mientras la orquesta, puertorriqueña, musicalizaba previo a la llegada del astro de la noche que ofrecía el concierto. ¡De pronto! Sin que nadie lo esperara puesto que no hacia parte del espectáculo una figura flacuchenta y desgarbada subió al escenario.

El escenario estalló. Gritos, saltos, fotos de celulares, la algarabía se hizo infernal y los primeros acordes de la canción no se escucharon, la mayoría de los espectadores no sabían qué sucedía.

Desde luego que Iglesias no había salido al escenario. No se podía ver y aunque no se oía bien, la gente empezó a moverse bajo el cielo estrellado y lo que parecían miles de luciérnagas filmando al ritmo de la música que llevaban en su interior con los escasos sonidos que se alcanzaban ¡Se escuchó una voz!

– Gente de zonaaaaaa – – La Gozadera!!!!!!!!! Respondieron a coro cinco mil bocas.

Aquello fue de locura, la mujeres brincaban, voceaban y los hombres bailaban dando palmadas rítmicas, en español con todos los acentos de América Latina y, muchos, arrítmicos, en otros idiomas seguían la danza de la muchedumbre conectada por el carisma de Marc Anthony en un escenario que era suyo como de pocos y en medio de un público que lo adoraba y, todo, de sorpresa y gratis, gracias a la provocación de su esposa.

Encogidos en sus asientos, ella y su ex esposo, acompañante de esta noche, sentados, casi no se veían y, desde luego, no volvieron a reír en el resto de la velada.

Fueron los únicos que no bailaron de pie La Gozadera. Envuelto en el aura de su arte, con esa canción, el artista respondió la provocación; la pareja, para el resto de la noche ni a Enrique Iglesias, logró aplaudir, luego.

Solo deseaban que nadie los volteara a mirar: El talento no se provoca a menos que tengas, más porque puedes ir por lana y salir trasquilada, pues según un viejo dicho campesino, “papeleta, siempre mata al menudo”.

En resumen, querer echarle una vaina a Marc con un ex, cerca de un escenario lleno de mujeres, en Altos de Chavón, en República Dominicana, ante una multitud suya, fue una torpeza, un intento tonto de llamar la atención, debió irse con su acompañante a otro lugar, ejercer su derecho de pasar bien el fin de año y, todos, en paz

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