Análisis COVID-19: Lo que sabemos, y qué esperar para la República Dominicana

jd letreros
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Es imposible, tanto para la República Dominicana como para el resto del mundo, saber cuándo ni cómo terminará la pandemia del Covid-19. Esta imposibilidad viene dada por el hecho de que existen una multiplicidad de factores, todos inciertos, que combinados serán los que determinarán de qué manera superaremos esta crisis, y cuales secuelas dejaría la misma al momento de que logremos su control o extinción.

¿Mutará el virus para fortalecerse, o experimentará —a causa del calor, por ejemplo— una involución que lo debilite? ¿Funcionarán las cuarentenas ya implementadas en detener o aplanar la curva de contagios? ¿Por cuánto tiempo?

¿Cuándo tendremos pruebas de detección suficientes? ¿Cuándo tendremos pruebas efectivas de anticuerpos que nos permitan entender cuan avanzados o retrasados vamos en la cronología de esparcimiento del virus? ¿Construiremos, los seres humanos de todo el mundo, ya sea de manera natural o como resultado de “la inmunidad de grupo”, resistencia suficiente como para reducir el contagio y la mortalidad del virus? En fin, de las respuestas a estas y muchas otras preguntas es que dependerá, finalmente, la magnitud y la duración que tendrá esta pandemia provocada por el SARS-Cov-2.

Sin embargo, con la información disponible a este momento y recurriendo responsable y moderadamente al ejercicio de las proyecciones, sustentadas únicamente en observaciones ya disponibles, existe la posibilidad de construir varios escenarios que pueden ilustrarnos sobre el porvenir.

Al día de hoy sabemos a ciencia cierta que este nuevo Coronavirus, causante de esta pandemia, no ha presentado ninguna mutación significativa. Esto, a partir de la más reciente información proveniente de la comunidad científica que da seguimiento a esa particularidad del virus. A partir de esta información previa podemos asumir que, siendo la estructura genética del virus la misma que ha exhibido desde un inicio, las proyecciones originales referentes a cómo y en cuáles proporciones nos afectaría, se mantienen. A saber: que entre un 80% y un 85% de quienes contraigan el virus no presentarían ningún síntoma, o unos muy leves y confundibles con cualquier otro proceso viral; que entre un 15% y un 17% de los infectados necesitarían alguna asistencia médica, ya fuese esta un tratamiento de medicamentos o una intervención efímera —ligada a la función respiratoria— en algún centro de salud; y que entre un 3% y un 5% necesitarían de un internamiento para poder hacer frente a los síntomas provocados por el virus.

En otro orden, también hemos podido observar que la Tasa de Mortalidad del virus por rangos etarios, con variaciones no muy significativas entre países, continua siendo la que desde un inicio se ha proyectado.

Hasta ahí, no hay mayores controversias, pero a partir de aquí, es donde se produce el desbalance entre preguntas y respuestas, habiendo mucho más de las primeras que de las segundas. En principio se presuponía que la Tasa de Mortalidad de este virus rondaría entre aquella de la gripe estacional (0.1%) y la del SARS-Cov-1 (9.5%); en la actualidad, la Tasa de Mortalidad promedio, según los estudios científicos más recientes, ronda el 1.38%. A partir de aquí surgen al menos las siguientes dos preguntas: ¿Pero, porque si cuando dividimos el número total de muertes por el Covid-19 entre el número total de casos de contagios, nos da cerca de un 6%, no es esa la Tasa de Mortalidad del virus? O

¿Viendo esta nueva estimación de la Tasa de Mortalidad, y como la misma se ha comportado en el tiempo, estaríamos ante la presencia de un virus más  mortífero de lo que en principio asumíamos?

La respuesta a la primera pregunta se encuentra en el sesgo numérico que resulta de no disponer de las pruebas suficientes como para poder testear a todos los que resulte lógico y conveniente. En la actualidad, solo con excepciones parciales, las pruebas están siendo destinadas a casos que presentan una sintomatología evidente de una afección respiratoria. Esto significa que la inmensa mayoría de las pruebas suministradas alrededor del mundo han sido destinadas a ese 15%/20% de la población mundial que probablemente necesite de alguna asistencia o atención médica para superar el virus. Esto hace que en la fracción compuesta por un numerador que mide la totalidad de muertes, y por un denominador que mide la totalidad de infectados, este último número sea más pequeño que lo que sería si en él se incluyeran los aproximadamente 8 de cada 10 personas que tendrán el virus sin ninguna complicación importante. Como consecuencia de esa realidad, el porcentaje de la Tasa de Mortalidad, que a su vez deriva de la fracción [muertes/total de contagios], se ve artificialmente inflada por un denominador que es mucho menor de lo que en realidad tendría que ser, si se tomaran en cuenta los casos muy leves o asintomáticos.

De ahí que los científicos, a la hora de actualizar la Tasa de Mortalidad de este virus no recurran al porcentaje que resulta de hacer la simple división de muertes totales entre casos totales, sino que estos implementen una serie de ponderaciones y tamices condicionantes, que le asignan más peso a la información de países con una mejor y más creíble práctica de recolección de estadísticas, así como también a aquellos que han suministrado más pruebas con

relación al tamaño de su población. Y por eso, la más reciente estimación de la Tasa de Mortalidad es de un 1.38%, y no de un 6%.

La respuesta a la segunda pregunta va estrechamente atada a la explicado precedentemente. No, no es que necesariamente este virus sea más mortal que lo que, a partir de su configuración genética y de las experiencias pasadas con virus “zoonóticos” de esta misma familia patogénica, habrían determinado científicos y epidemiólogos. Es que, simplemente, no tenemos suficiente información de calidad disponible como para poder asegurar con criterio científico que sí, que el SARS-Cov-2 es más letal de lo originalmente estimado; o de hecho, para poder afirmar lo contrario. Y de ahí que en este momento lo lógico sea continuar asumiendo, hasta que llegue prueba irrefutable de lo contrario, que la Tasa de Mortalidad de este virus se encuentra en un nivel superior que la de la influenza y la de la gripe estacional, pero por debajo de aquella del SARS-Cov-1.

Intentando proyectar los efectos del Covid-19 a futuro

Ahora bien, aparte de las estimaciones científicas más recientes sobre de la Tasa de Mortalidad del Covid-19, ¿qué otra información resulta importante al momento de tratar de proyectar los efectos a corto y mediano plazo de esta pandemia?

A partir de las orientaciones disponibles de parte de expertos, hasta este momento, y por las observaciones empíricas recogidas y acumuladas por todo el planeta, conocemos la siguiente información: que la cantidad de pruebas disponibles, la densidad poblacional, los índices de comorbilidad de las distintas comunidades, así como la edad media de la población, constituyen variables preponderantes. Que de igual forma, la disciplina colectiva al momento de ceñirse al distanciamiento social recomendado globalmente, la calidad del sistema de salud del país que se pretenda analizar, y la capacidad de su gobierno de transferir recursos y ayudas a los más necesitados, resultan indispensables para cualquier ejercicio de estimación.

Sabiendo que todas las variables enunciadas anteriormente están entrelazadas, y que son de naturaleza dinámica, es decir, que pueden variar en cualquier dirección y en cualquier momento, tendríamos a mano información suficiente para, de manera moderada y cuidadosamente, asumir a grandes rasgos una serie de hechos que, poco a poco, tendrían que irse materializando.

Las pruebas no curan, pero previenen

Las pruebas, por sí solas, no representan una solución para quienes hayan contraído el virus, pero no se trata de eso. Si a escala planetaria contáramos tanto con pruebas de detección, así como con pruebas efectivas para anticuerpos, podríamos hacer aislamientos sociales más precisos y quirúrgicos, para detener con éxito la propagación de la pandemia. Podríamos también saber quien ha contraído ya el virus y lo ha superado, y esos, no solo podrían ofrecer su plasma a la comunidad científica para fines de estudio y para acelerar la producción de una vacuna, sino que además podrían volver a la normalidad de sus vidas,

momento a partir del cual se potenciaría el fenómeno del “herd immunuty” o la inmunidad de grupo.

Mientras más gente por kilómetro cuadrado, más contagios potenciales

A mayor densidad poblacional, mayores las probabilidades de que el virus circule más vertiginosamente. De manera contraria, mientras más distancia natural exista entre habitantes de un determinado lugar, menor probabilidad habrá de que prosiga la propagación del virus. Esto, evidentemente, equivale a decir que los centros urbanos presentarán mayores riesgos de crisis de contagios que los territorios rurales, y en la práctica, el caso de Estados Unidos lo está demostrando, donde observamos como algunos estados, sin haber implementado aún directrices para que sus ciudadanos permanezcan en casa, no han experimentado una explosión de contagios del Covid-19, al tiempo que los estados de mayor densidad poblacional se ven más afectados.

Por eso, por ejemplo, es el estado de Nueva York y su emblemática ciudad homónima los más afectados en Estados Unidos, y no lo son la cuidad de Boise, en el estado de Idaho.

Mientras más enferma la población, mayores estragos causará el SARS-Cov- 2

El Covid-19 tendrá mayores probabilidades de ser letal entre aquellos con alguna de las siguientes comorbilidades: Cáncer, hipertensión, enfermedades respiratorias crónicas, diabetes y enfermedades cardiovasculares. Para todos los rangos de edades, en todos los países donde existe información disponible, se ha comprobado que aquellos que presentan alguna de estas condiciones de salud, tendrían mayores dificultades para superar este Coronavirus.

Si por edad fuera…

Si nos fijáramos solo en la variable edad, los países del continente africano, así como los de Oriente Medio y el subcontinente asiático, tendrían que ser los menos afectados, en términos relativos, por esta pandemia. Esto así porque en ellos habita la población más joven del planeta. Según informaciones demográficas oficiales, existen sobre la tierra un total de 43 países cuya edad poblacional media se encuentra por debajo de los 21 años; todos, sin excepción, se encuentran en estas tres regiones. Fuera de estas, la próxima región geográfica del planeta que goza de mayor juventud general es la de América Latina y el Caribe hispanoparlante, cuya edad colectiva media es de tan solo 29.3 años.

Siguiendo el análisis solo sobre la vertiente de la edad, sería el continente europeo el que tendría más de qué preocuparse. De los 30 países del mundo de mayor edad media colectiva, todos excepto Japón, se encuentran en Europa. En gran medida ha sido por esto que hemos observado muy afligidos el drama que atraviesan países como Italia y España. Este primero, con una población de adultos mayores de casi un 25%, en combinación con el segundo, cuentan entre

los suyos a un total de 22.75 millones de personas que sobrepasan los 65 años de edad, que por la tabla 1 sabemos, se encuentran entre los más vulnerables ante este virus.

Disciplina colectiva y respeto a la autoridad…

La disciplina colectiva con la que se acatan las disposiciones oficiales, especialmente en lo que respecta las medidas de distanciamiento social, influyen directamente en la magnitud y ritmo de contagio que presenta cada país en específico, y resulta transversal a todas las demás variables. El respeto a la autoridad es lo que, en principio y hasta ahora, ha garantizado que en países asiáticos como Corea del Sur, Taiwán, la propia Republica Popular de China, epicentro originario de la crisis, hayan podido contener relativamente la propagación del virus. Lo mismo ha ocurrido en Japón, que a pesar de contar con más de 35 millones de adultos mayores, estos no se han visto en la desgraciada tesitura de Italia y España.

Alemania, que cuenta con la 6ta población de adultos mayores más numerosa del mundo, no ha experimentado un ritmo de contagios como la de algunos de sus vecinos europeos, y esto se ha debido no solo a la cantidad de pruebas  realizadas, sino también a reglas de distanciamiento social adoptadas oportuna y estrictamente.

En América Latina, por ejemplo, mientras países como Ecuador y Panamá, presentan tasas de muertes por cada millón de habitantes de 18 y 17 respectivamente, países como El Salvador, que aplicaron bien temprano — no sin generar algunas controversias— medidas de aislamiento social más severas, solo exhibe una tasa de 0.9 muerte por cada millón de habitantes.

Calidad del sistema de salud y capacidad de asistencia social de los gobiernos

Estas dos variables, naturalmente, también inciden de manera transversal sobre todas las demás. Aunque una parte significativa de la comunidad científica de occidente sostiene la opinión de que si la pandemia continuase sin desacelerar, ningún sistema de salud del mundo tendría la capacidad de soportarlo, contar con sistemas robustos, bien calibrados y con disponibilidad de recursos para continuar fortaleciéndolos en el tiempo, ofrece una ventaja importante.

Esto tal vez termine siendo lo más determinante, toda vez que sabemos  mediante estimaciones aún consideradas válidas, que entre un 15% y un 20% de los afectados necesitarían alguna asistencia médica. Si no existe la capacidad de satisfacer estos requerimientos, entonces muchos jóvenes y adultos mayores que tal vez no hubiesen perecido en países con sistemas de salud superiores, sí lo harán en países que no cuenten con infraestructura de atención adecuada. Y es por eso, que aunque si fuese solo por edad promedio, países como Mali, con una edad colectiva de apenas 16 años, tendrían que ser de los de menor mortalidad,

por contar con sistemas de salud pública tan precarios, podrían terminar siendo en cifras relativas, si continuase la propagación del virus y les alcanzara en proporciones significativas, de los más afectados.

Otra forma de comprenderlo es a través de ejemplo de Suecia, país europeo que en estos momentos presenta una tasa de contagios preocupante como resultado de una estrategia de aislamiento social fracasada —un error de diseño de sus autoridades—. Aunque este país cuenta cerca de un 20% de su población con edades superiores a los 65 años, debido a un excelente sistema de salud, a una baja densidad poblacional, a contar con una población que acatará las nuevas medidas, y a tener recursos económicos disponibles, el caso de Suecia no será lo que sería si ese mismo escenario se presentara, por ejemplo, en un país como Albania, en el mismo continente europeo.

Contar con espacio fiscal, y por ende recursos económicos para socorrer a los más vulnerables, representa un factor clave en lograr que se respeten las medidas de asilamiento social adoptadas por autoridades alrededor del mundo. Si los gobiernos no tienen la capacidad de transferir recursos a quienes han sido suspendidos o despedidos, al mismo tiempo que hacer llegar a los más vulnerables la asistencia social necesaria como para que sus necesidades básicas queden cubiertas mientras la pandemia persista, será muy difícil que la gente respete las disposiciones del distanciamiento social. Y esto anterior, simplemente, porque muchos de estos se verían en la necesidad de ir a las calles en búsqueda de ingresos que les permitan intentar sostener a sus familias.

Existen otras variables que desde luego inciden sobre la presencia y la capacidad de propagación del Covid-19, como el grado de apertura y conexión con el resto del mundo que tenga cada cuidad o país que se quiera analizar, pero esta y otra como estas, ya estarían contenidas indirectamente entre uno o varios de los factores ya considerados al momento de analizar esta pandemia.

Escenarios posibles para la República Dominicana

No creemos que las autoridades de salud pública de la República Dominicana estén ocultando información, como muchos especulan. Simplemente, están dando a conocer la escasa información que han podido acumular a través de las poquísimas pruebas que han podido suministrar. Circulan especulaciones y versiones noticiosas de que pronto arribarán más “test kits” que nos permitirán conocer mejor nuestra realidad, y ojalá así sea. Sin embargo con la información demográfica del país, los hábitos conductuales de la población, nuestra realidad socioeconómica, las capacidades del Estado y sus instituciones, y lo que sucede alrededor del mundo, existen observaciones suficientes que permiten, aunque con amplísimo margen de error, especular sobre lo que, como país, nos podría aguardar.

Tomando como referencia las predicciones hechas por la Unidad de Inteligencia de The Economist, más los casos de Islandia y de Emiratos Árabes Unidos, por ser estos los dos países que más pruebas han suministrado en relación a su tamaño poblacional —10% y 6.5%, respectivamente—, para a partir de ellos

especular sobre qué cantidad de la población dominicana podría terminar contrayendo el virus del Covid-19 —en caso de que no se logre desarrollar una vacuna a corto plazo, ni que el virus amaine y se debilite en los meses más cálidos de verano—, arribamos a tres números. El primero, que nos lleva a asumir que el 50% de la población mundial, y por ende de la población nacional lo contraería. El segundo y el tercer número resultan de asumir que en la República Dominicana se registraría la misma magnitud y alcance de los contagios que en estos dos países de referencia. En el caso de proyectar, nosotros, la realidad de Islandia, un 4.9% de la población adquiría el virus, mientras que de proyectar la realidad de Emiratos Árabes Unidos, solo lo haría un 0.5% de la población dominicana.

Naturalmente, esto dependerá no solo de una multiplicidad de variables que, como ya hemos dicho, son de vocación dinámica, sino que además dependerá de una serie de incógnitas como las siguientes: ¿Mutará, para bien o para mal, el virus? ¿Cuánto tiempo permaneceremos cerrados al mundo? ¿Existe o no el recontagio? En fin, un sartal de interrogantes cuyas respuestas nadie conoce. De todas maneras, prefigurar los subsiguientes escenarios permiten un ejercicio hipotético que podría resultar útil para algunos fines.

La siguiente tabla muestra la cantidad de infectados que tendríamos en la República Dominicana en caso de que nuestro nivel de contagio fuese como el pronosticado por The Economist, o como los de Islandia o Emiratos Árabes Unidos.Para los tres escenarios, partiendo de la información demográfica de la República Dominicana y ciñéndonos a las estimaciones científicas más recientes, las infecciones por franjas etarias serían los siguientes:

Estos tres escenarios, a partir de lo proyectado por la Unidad de Inteligencia de The Economist y de lo observado en los dos países, hasta el momento, con más pruebas suministradas —relativamente—, nos permite a su vez proyectar tres escenarios distintos referentes a los decesos que esperamos se produzcan, solo a partir de este inerte ejercicio estadístico, en la República Dominicana.En el primero tenemos el escenario sugerido por el semanario británico, de que el 50% de la población mundial, y por ende la mitad del país, adquiriría el virus. A esta base poblacional aplicamos, en primer lugar, las Tasas de Mortalidad estimadas por cada franja etaria; luego aplicamos al número total de potenciales infectados la Tasa de Mortalidad de 1.38% sugerida por los últimos estudios científicos; y posteriormente aplicamos a esa misma base poblacional, las tasas de mortalidad que tanto Islandia (0.35%) como Emirato Árabes Unidos (0.40%) presentan al día de hoy.

Este ejercicio lo repetimos para el escenario en que se contagie solo el 4.9% de la población dominicana, y para aquel en que solo se contagie el 0.5% de la población dominicana.

1 Llama la atención ver cómo se asemejan los valores que se obtienen de proyectar posibles decesos a partir de la Tasa de Mortalidad para cada franja etaria, y de aplicar el 1.38% sugerido por la comunidad científica al conjunto poblacional que adquiriría el virus. Esto indica una convergencia casi absoluta entre ambas estimaciones, lo cual sugiere que ambas han sido elaboradas con la misma rigurosidad científica y a partir de los mismos datos.

¿Qué sucederá en nuestro país?

Nadie tiene la respuesta a esta pregunta. Ni el Estado, ni los ciudadanos, ni ninguna institución de la sociedad civil, ni organismos internacionales, nadie. Esta pandemia sorprendió a casi todos, y ha visto a aún más, reaccionar tímida y tardíamente ante la amenaza de la misma.

En nuestro caso, que es idéntico al de una parte significativa del mundo, sabemos de la escasez de pruebas existentes tanto para detectar las infecciones del virus, así como para poder determinar, a través de la presencia de anticuerpos, quienes lo han adquirido y superado. Sabemos, por igual, que el 80% de nuestra población vive en centros urbanos y solo el 20% en zonas rurales, y que en al menos ocho provincias se verifica una densidad poblacional propicia para una circulación potenciada de un virus de las características del SARS-Cov-2.

Aunque somos un país de población joven, con apenas una edad media de 28.1 años, nuestra indisciplina para acatar las medidas de distanciamiento social, corroborada a diario por imágenes que circulan a borbotones, combinada con las precariedades de un sistema de salud que no da a basto en condiciones normales, podrían anular cualquier ventaja que nos otorgara nuestra juventud colectiva.

Las capacidades de un gobierno con cero espacio fiscal para hacer frente a esta contingencia con recursos endógenos nos obliga a recurrir a deuda externa proveniente de organismos multilaterales, al mismo tiempo que también lo hacen todas las demás naciones del mundo en nuestra situación. El respeto a las cuarentenas y los toques de queda entre ciudadanos en situación de pobreza y vulnerabilidad, que representan al menos el 70% de nuestra población, dependerán directamente de la capacidad que tenga el Estado de transferirles recursos en metálico y especie, y esto a su vez, dependerá de los empréstitos que el gobierno pueda adquirir en estos tiempos.

Por esto inmediatamente anterior, y por la naturaleza cambiante de todas las variables que inciden sobre lo que sería el nivel de contagios del Covid-19 en la República Dominicana, solo nos queda la lógica y el sentido común, articulados sobre la base de toda la información disponible, para prever lo que sigue.

Podemos descarar los escenarios más benévolos de las proyecciones anteriores, toda vez que los mismos, al ritmo que llevamos, serán superados en estos próximos días.

Si asumimos que todo el que lamentablemente fallecerá en esta pandemia, intentará en algún momento recibir atenciones médicas, sabemos que los hospitales y clínicas de las provincias de Santo Domingo, el Distrito Nacional, Santiago, San Cristóbal, la Vega, San Pedro de Macorís, Puerto Plata y Duarte, tendrán que ser fortalecidos con recursos adicionales del Estado, toda vez que su densidad poblacional aseguran que serán estas, como en efecto lo están siendo, las más afectadas por la pandemia. Sabiendo esto, derivamos que también serán estas las provincias que necesitarán de espacios improvisados y no convencionales para poder sepultar a aquellos que perderán la batalla ante el Coronavirus.

No sabemos si las infecciones y decesos que se producirán en nuestro país a causa del Covid-19 se presentarán en una única ola de contagios, o si será en una segunda o tercera ola, como ya empieza a pasar por ejemplo en Singapur, que luego de haber controlado su primer brote, ahora se enfrenta a un segundo a raíz de permitir la entrada a su país de miles de trabajadores de la construcción provenientes de otros países del sudeste asiático.

Desde el punto de vista puramente humano y social, lo ideal sería que los contagios se produjeran en un marco amplio de tiempo, para dar oportunidad a nuestras autoridades sanitarias de poder atender a la mayoría de todos lo que necesitarán asistencia. Desde el punto de vista económico, sin embargo, lo ideal sería que esto se diera en un primer y único brote que nos permitiera, una vez superado, aunque en condiciones estragadas, ocuparnos de reactivar la economía nacional. Aunque lo anterior pudiese presentar una dicotomía moral, en realidad no es así, porque no será ningún plan de las autoridades que determinará la cronología de avance del Coronavirus, sino que será el resultado de nuestro comportamiento colectivo como sociedad, y el comportamiento del virus mismo en el tiempo, lo que determinará como se darán las cosas.

Lo que nos queda es esperar que la comunidad científica global, en conjunción  con Estados y filántropos, todos a una, den con una vacuna a la mayor brevedad posible. Pero mientras eso sucede, ya sabemos aquí hacia donde debemos de enfocar nuestros esfuerzos y recursos.

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