58 años después de la victoria de Bosch en 1963

Si el resultado de las elecciones presidenciales del 20 de diciembre de 1962 hubiera dejado espacio a la más mínima duda; si Juan Bosch no hubiera obtenido 59% de los sufragios expresados, el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963 hubiera tenido lugar antes de la toma de posesión del 27 de febrero de ese año cuando tomó posesión el primer gobierno democráticamente elegido en República Dominicana desde 1924 y que luego sería considerado por la historia dominicana de hoy, como paradigma de gobierno democrático y honesto a pesar del poco tiempo que permaneció en el poder.

En su discurso de toma de posesión Bosch dejó claras las grandes líneas de lo que sería su gobierno. Trató, como lo hizo al llegar a Santo Domingo el 20 de octubre de 1961, de apaciguar el miedo que había dejado en los dominicanos la recién finalizada dictadura de Trujillo; trató de dar confianza a sus compatriotas y advertirles que se respetaría la libertad individual de sus conciudadanos. El nuevo presidente quería un gobierno de unidad, un gobierno en que actuaran todos los sectores y partidos políticos de la sociedad dominicana. Pero su propuesta, según deja constancia en su discurso del 27 de febrero, no fue bien recibida por los partidos opositores: “Nosotros deseamos la paz política, y por eso ofrecimos puestos en el Gabinete a cinco partidos. Cuatro se negaron a aceptar esos puestos, y como lo que se inicia hoy es una democracia auténtica, todos debemos respetar la voluntad de esos partidos –Unión Cívica Nacional, Partido Nacionalista Revolucionario, Vanguardia Revolucionaria y Alianza Social Demócrata […]”. Los dirigentes de los cuatro partidos que rechazaron la oferta del nuevo presidente encabezaron, siete meses después, la lista de irresponsables que firmaron el golpe de Estado.

Para Bosch lo importante era el futuro. Había que construir un país nuevo: “No espere nadie el uso del odio mientras estemos gobernando. Nosotros estamos aquí con la decisión de trabajar, no de odiar; dispuestos a crear, no a destruir; a defender y amparar, no a perseguir”. Luego precisó que “si a la criatura de Dios no le fue dada la facultad de rehacer su pasado, le fue dada en cambio la de forjar su porvenir”. Y más adelante agregaba: “La obra buena de los muertos, como su obra mala, es propiedad de la historia; pero la obra buena del porvenir es el fruto de las buenas intenciones y de la capacidad para convertirla en hechos.”

Su gobierno no tuvo tiempo de alcanzar la velocidad de crucero necesaria para poner en práctica lo que el presidente anunciaba en el discurso de toma de posesión. El putsch del 25 de septiembre se hubiera evitado si el presidente hubiera actuado como Trujillo, pero un “gobierno democrático”, decía Juan Bosch el 16 de julio de 1963, “no puede ser democrático para unos y dictatorial para otros, así como una dictadura no puede ser tiránica para unos y democrática para otros. Si Trujillo hubiese permitido libertades a un sector de los dominicanos, su tiranía no hubiera durado; si la democracia establece una dictadura para un sector dominicano, los otros, los que quedarán en libertad, serán los primeros en acusar al gobierno democrático de ser una tiranía.”

Ese discurso no fue escuchado por los políticos que rechazaron su llamado a colaborar en su gobierno. Sorprende que Miguel Ángel Ramírez Alcántara (PNRD), senador por San Juan, se prestara a derrocar el gobierno al que había sido elegido, además de compañero de exilio del presidente Bosch; lo mismo Juan Isidro Jimenes-Grullón conocido por sus ideas de izquierda y uno de los fundadores, junto a Bosch, del PRD en 1939; igualmente, Horacio Julio Ornes Coiscou, compañero de exilio y exintegrante, junto a Bosch, de la frustrada expedición armada de Cayo Confite. Existen múltiples explicaciones para justificar la razón que les llevó a firmar el acta del golpe de Estado de septiembre de 1963. Ninguna es satisfactoria.

Como podría ser la de Viriato Fiallo, candidato derrotado en las elecciones de 1962 por un Juan Bosch prácticamente desconocido en el país cuya mención podía ser objeto de persecución y hasta de prisión para quien osara referirse a él durante la dictadura de Trujillo.

El Dr. Fiallo era el adalid de los que habían logrado entonces la inimaginable proeza de organizar el grupo de acción que ajustició, en las afueras de la capital dominicana, al dictador; la acción militar tuvo éxito; la política, no. Fracasó unos 45 minutos después del ajusticiamiento, al general Román Fernández salir de su residencia en compañía del general Espaillat. Un fracaso que culminó con la derrota abrumadora de Fiallo en las elecciones del 20 de diciembre de 1962.

Aunque desconocido en su país, Bosch tenía una experiencia política y de Estado adquirida en Cuba en donde había sido asistente del primer ministro y luego presidente, Carlos Prío Socarrás. Fiallo, en cambio, carecía de experiencia en ese dominio. Bosch lo sabía. Sin embargo, el poderoso sector que respaldaba a Viriato Fiallo no se cruzó de brazos y logró recuperarse de la pérdida del poder político una hora después del ajusticiamiento del tirano y de la derrota electoral de diciembre de 1962 al respaldar uno de los actos más irresponsables de la historia dominicana del pasado siglo: el derrocamiento del gobierno democrático de Juan Bosch el 25 de septiembre de 1963.

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