​Anciana lleva 25 años compró el ataúd y la mortaja para cuando muera

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La miseria que le rodea es tan extrema, que la cama está sobre cuatro blocks y sirve de mesa de comedor, donde tiene los trastes de comer y beber

EL VALLE, Hato Mayor. – En una tradición que se creía desaparecida, una anciana de 92 años hace 25 que compró y guarda el ataúd y la mortaja con la que espera le sepulten cuando muera.

La historia, que parece traída de una película de ficción, es la que rodea a doña Evangelina Salas (Nona), quien además se mandó a construir su tumba donde será sepultado y la mortaja o vestido blanco, que le pondrán cuando “me toque irme de este mundo, que creo no está lejos”.

“Desde hace 25 años di RD$ 4,000.00 por ese ataúd gris y lo puse en la habitación, justo al frente de la cama donde duermo”, narró la envejeciente, afectada por artritis en sus piernas y con poca visión en sus ojos.

La caja, en la cual aspira la añosa mujer le sepulten, está forrada con una sábana y amarrada con cuerdas para que el polvo, la carcoma y la humedad no lo dañen.

El particular caso, que se conoce en el agrícola y minero municipio de El Valle, a 33 kilómetros de Hato Mayor del Rey, en el Este del país, ha movido el interés noticioso.

Sostiene que lo del ataúd lo hace por costumbre, “una tradición que mantenían mis ancestros desde hace muchos tiempos”.

Doña Nona, no procreó hijos y su esposo hace más de 30 años murió.

Ella guarda su caja fúnebre con muchos celos, en el cuarto donde pasa las noches a solas, ya que en el día la cuida y cuece los alimentos su sobrina, Rosari Salas.

“No le temo a la muerte, pero es lo único seguro, que no tiene remedio”, asegura con firmeza, para agregar, creo el ataúd me ha prolongado la vida”.

Dijo que en su familia se tenía como cultura, que cuando se iba entrando en edad, había que comprar el ataúd, construir la tumba o nicho y mandar a confeccionar la mortaja.

Narra que ha visto a muchos vecinos morir, “pero no lo temo a la muerte, porque estoy preparada para ese día y mi hermano Celín Salas, el único que me queda, no tendrá que comprar mi caja, ni mortaja, porque ya la tengo”.

Dice que su preocupación más grande son unos dolores de cabeza que le dan y calambre en los pies, los cuales no puede afincar al piso, por tenerlo estirado hacia abajo.

Interrumpe y sigue hablando de su caja al exclamar: “Mi caja fue mandada a comprar a Hato Mayor a mi medida, y la tengo en esa esquina, porque no quiero que nadie le toque, porque será mi morada final”.

Dijo que eso hicieron sus padres y que mandó al cementerio a hacer su bóveda porque no quiere la entierren en el suelo”.

Casó con Maromo Peguero, allá por el 1940, pero murió en 1960.

Quiere ver a Danilo

“Antes de cerrar mis ojos por completo, me gustaría Danilo Medina visite mi casita, porque se la compré a una viuda, cuyo esposo se ahorcó y no quiero vivir más aquí”, dijo.

“Me gustaría mi presidente me regale una cama, un abanico, nevera, una estufa y ropas, que no tengo”, acotó la envejeciente.

La cama tiene como soportes o patas cuatro pedazos de block viejos, las sábanas lucen desaliñadas y en la casa no hay en que sentarse.

En una silla plástica le ponen la escupidera o vacinilla, para realizar sus necesidades fisiológicas, porque la casa carece de baño

La miseria es tan extrema, que la cama está sobre cuatro blocks y sirve de mesa de comedor, donde guarda tiene los trastes de comer y beber

TRADICIÓN

El mandar a confeccionar la caja de muerto es una costumbre que estuvo muy enraizada en los campos dominicanos, sobre todo en el Cibao y la región Este del País.

En El Valle no hay funeraria, pero si un cementerio grande y cuando alguien muere llevan el cajón sobre los hombros, caminando, donde se une mucha gente al entierro, hasta dejar al difunto en su última en camposanto.

Las Tumbas

Los ataúdes son escogidos por el gusto de los dolientes, que indican el color, la madera y el tamaño, y hasta compran la ropa con la que prefieren irse de este mundo.  Las tumbas o nichos generalmente son pintados de gris, azul o blanco.

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